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La obsesión de Emilio

UN ARTÍCULO DE ÁLEX REI

Álex Rei
martes, 27 de abril de 2010, 16:05

Emilio lo está pasando mal porque cada día que lo ve, que se lo encuentra, que coincide con él en una discoteca o con su común amigo Leo, siente que le gusta más y más. Fue precisamente por Leo por quien lo conoció. No es que sean muy amigos, pero desde que Emilio se cambió de piso y se mudó a su barrio, se encuentran de vez en cuando. Hacía casi un par de años, cuando Emilio estaba recién llegado a Madrid para estudiar la carrera, conoció una noche en el Long Play a Leo que, sin duda, desentonaba un poco entre tanto niñato. Y no es que Leo se conserve mal, que a sus treinta se nota que se cuida, pero la diferencia de edad era apreciable. Quizá eso, su madurez, su cuerpo de hombre hecho, fue lo que le atrajo a Emilio. Aquello no pasó de un polvo pero a diferencia de otros que vendrían después, Leo siempre que se lo encontraba le saludaba con simpatía, con cariño. Y ahora, es mucho más a menudo, porque vivía tan sólo tres casas más allá.

Aquel viernes fue todo fruto de la casualidad. Emilio se había hecho el propósito de no salir porque el lunes tenía un examen y este curso las cosas le iban bastante mal. Como tenía sueño bajó al chino de la esquina a ver si comprando red bull se despertaba y ahí se encontró con Leo que estaba convenciendo al dependiente de que le vendiera unas litronas aunque fueran ya casi las doce de la noche. Como no tenía ninguna gana de sentarse delante de los apuntes, Emilio aceptó gustoso la invitación de tomarse algo en casa de Leo, que estaba con unos amigos. Y allí fue donde conoció a Marcos. Le fascinó desde el primer momento. Tendría como unos treinta y tantos, quizá treinta y cinco, llevaba el pelo muy corto, un polo blanco ajustado que le marcaba un cuerpo machado en el gimnasio, los ojos verdes que cuando miraban parecían leerte el pensamiento. Marcos hablaba con mucha seguridad. Emilio no recuerda de lo que hablaron aquella noche, porque estaba embobado, atontado, pero la voz profunda de Marcos todavía retumba en su cabeza.

Aquella noche Marcos no le hizo mucho caso. Luego se fueron a alguna discoteca y Emilio, aunque Leo le insistió, regresó a su casa. Pasó toda la noche pensando en Marcos. Por Leo se enteró que los niñatos como él no le gustaban. Marcos siempre se solía enrollar con tíos mayores que él, no necesariamente guapos, pero sí mayores. Y eso aumentó todavía más sus ganas. Le tenía que conquistar, le tenía que mostrar que él, Emilio, era la excepción, que podía estar a la altura de todos aquellos tíos tan “mayores”, porque además él era guapo. Y fue por eso por lo que comenzó a sustituir el Long Play por el Cool, por lo que se hizo más el encontradizo con Leo, por lo que aceptaba las invitaciones de cortesía que éste le hacía. Y cada vez que se encontraba con Marcos, el corazón se le ponía a cien y a duras penas podía formular un escueto saludo. Cada semana, cuando llegaba a Cool, lo primero que hacía era buscarle, observarle, sabía ya donde se solía poner. Y si le veía besándose con otro, a Marcos se le partía el corazón. Sólo de vez en cuando, si se lo encontraba en la puerta del baño, le saludaba. Marcos era simpático, le preguntaba qué tal le iba, qué tal los estudios, pero no eran más que preguntas de cortesía. Y en ese momento Emilio se planteaba hacer lo que llevaba toda la semana pensando, agarrarle, meterle en un baño, intentar besarle, o decirle simplemente “Marcos, estás muy bueno, me gustas”. Pero no se atrevía. Incluso una noche le siguió a una prudente distancia a la salida de la discoteca para hacerse el encontradizo, pero cuando Marcos metía la llave en la cerradura del portal, se le paralizaron las piernas y se quedó petrificado en la acera.

Emilio sabe que lo que siente es una obsesión, que no conoce a este chico de casi nada. Pero siente su orgullo herido al ver que para él es invisible y simplemente por una cuestión de que le faltan unos años. Eso le da mucha rabia, pues anda que no había treintañeros en el Long Play persiguiéndole… Pero justo el que le gustaba, nada. Leo le había dicho que no le diera más vueltas, que en la vida hay que saber esperar. Que él había aprendido que aunque en un momento haya un chico que pasa de ti, luego, unos años después, sin saber muy bien el motivo, acabas liándote con él. Pero eso para Emilio no era consuelo, porque la juventud unida al amor es así, impulsiva, irrefrenable, sin mañana y sin esperas.
 

 

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Dice ser Yoke
martes, 18 de mayo de 2010, 12:24
Cada cual, en su particular etapa, lucha por algo y la pasión que se pone en ello da intensidad a la vida. Esperar, dejar pasar, puede parecer sabio y maduro (a veces lo es) pero más bien suele llevar a la rutina y la apatía...

Dice ser guille
lunes, 03 de mayo de 2010, 15:00
lo que hay que saber es que cada uno vale muchisimo con sus cosas buenas y sobre todo sus cosas malas. y hay que esperar su momento........

Dice ser sir
..en la vida hay que saber esperar y " hay que saber perder" y ante todo esta la autoestima y los principios morales!!!!

Dice ser Wally
martes, 27 de abril de 2010, 21:15
Las obsesiones de este tipo son malisimas, pero yo tambien creo que antes o despues las obsesiones pasan por tu cama, por lo menos en mi caso. El chico que perseguia en el gym y que ni me miraba una noche en el OHM se termino metiendo en el baño conmigo. Luego me di cuenta que no valia tanto la pena. Y que nada es tan bonito como se recuerda.

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